En tiempos de necesidad, cuando las cosas son difíciles, los líderes de Estados Unidos siempre responden. Tras la devastación de la Guerra Civil, el presidente Abraham Lincoln pronunció el Discurso de Gettysburg, que inició un largo período de sanación para la Nación. En la oscuridad de la Guerra Fría, con el mundo al borde de la aniquilación total, el presidente John F. Kennedy unió a la nación implorando: “Compatriotas estadounidenses, no pregunten qué puede hacer su país por ustedes, pregunten qué pueden hacer ustedes por su país”. Tras su elección, con la nación atenazada por la depresión económica, el presidente Roosevelt pronunció su icónico primer discurso inaugural.
El presidente Roosevelt comenzó su presidencia declarando: “antes que nada, permítanme afirmar mi firme creencia de que a lo único que debemos temer es… al propio temor”. El presidente Roosevelt creía, ante todo, en la fuerza, la perseverancia y el valor del pueblo estadounidense. Creía que mientras nos mantuviéramos unidos y tuviéramos la valentía como uno de nuestros más altos valores, podríamos superar cualquier cosa. Para una nación devastada por la depresión económica, esto no fue solo un voto de confianza, fue un llamado a la acción.
Continuó diciendo: “Nuestra principal tarea es poner a la gente a trabajar. No es un problema irresoluble si lo afrontamos con sabiduría y valentía. Se puede ayudar de muchas maneras, pero nunca se podrá ayudar simplemente hablando de ello. Debemos actuar, y actuar rápidamente”.
El presidente Roosevelt sabía que los hechos tenían más poder que las palabras. Para que Estados Unidos escapara de la Gran Depresión, necesitaba ponerse a trabajar. El presidente Roosevelt utilizó su primer discurso inaugural para comenzar esta labor. Sus palabras inspiraron no solo a los ciudadanos de los Estados Unidos, sino también a los legisladores del Congreso. Cinco días después de su discurso, el 9 de marzo, se firmó la Ley de Emergencia Bancaria, y la nación dio sus primeros pasos para salir de la depresión económica.